
Miércoles, ocho y media de la noche.
Llevas todo el día fuera, has llegado a casa hace un rato y tienes hambre. Abres la nevera, miras un minuto, y ahí mismo empieza una pequeña negociación que te conoces de memoria: podrías ponerte a cocinar algo decente o podrías resolverlo pidiendo algo en Uber Eats o Glovo.
Y sabes perfectamente cómo acaba casi siempre.
La explicación habitual para esto es que te falta disciplina, que si fueras más fuerte, te pondrías a cocinar. Y hoy te voy a proponer justo lo contrario, porque el problema de fondo no es la disciplina, sino que esa escena haya llegado a existir.
La disciplina no es muy fiable
Que quede claro desde el principio, porque esto se malinterpreta rápido: la disciplina hace falta. Hay momentos en los que no hay sistema que valga y solo queda apretar los dientes.
Pero la disciplina tiene una característica bastante incómoda que se suele pasar por alto: es limitada, irregular y encima se agota justo cuando más la necesitas.
Por la mañana te sobra pero a las ocho y media de la noche, después del trabajo, los recados y la casa, no queda prácticamente nada.
Siguiendo con el tema de la comida, es lo típico que por la mañana desayunas super limpito (quizá incluso te hagas una tostada con huevos y aguacate), cuando vas a comer con tus compañeros evitas pedirte el plato que se piden ellos (pasta, hamburguesa… ese tipo de cosas) y en su lugar te pides pollo a la plancha con guarnición de ensalada o salmón con patatas asadas.
Luego a media tarde empiezas a flaquear y te compras un KitKat en la máquina de vending de la oficina. Y ya por la noche, el castillo de naipes se derrumba completamente y te pones a comer como un gorrino con ansias. Todos hacemos eso, yo el primero xD
Casi todas las decisiones que de verdad deciden tu semana ocurren precisamente ahí, cuando el depósito está vacío. Cenar bien o cenar mal, ir al gimnasio o no ir, ponerte con eso que querías hacer o dejarlo para mañana.
Es decir, llevamos las batallas más importantes al momento del día en que peor preparados estamos para librarlas. Y luego nos sorprende perderlas.
Por eso creo que la disciplina hay que tratarla como la rueda de repuesto: tenerla, mantenerla y saber que está ahí, pero organizar las cosas para no tener que usarla cada día.
Lo que hizo Odiseo (o Ulises si lo prefieres)
Aprovechando que este verano se ha puesto de moda La Odisea, te voy a hablar de un pasaje que resume esto mejor que cualquier libro de mejora personal.
68Odiseo/Ulises tiene que pasar por delante de las sirenas, cuyo canto arrastra a los marineros a estrellarse contra las rocas. Y hace algo muy poco heroico para lo que cabría esperar de un héroe legendario como él: da por hecho que va a perder.
No se dice a sí mismo que él es fuerte y aguantará. Sabe que cuando oiga ese canto va a querer lanzarse al agua como cualquiera.
Así que, antes de llegar, ordena a sus hombres que lo aten al mástil y que no lo desaten pase lo que pase, grite lo que grite.
Y funciona.
Funcionó porque cuando llegó el momento de la tentación, ya no tenía capacidad de decidir. La decisión la había tomado horas antes, en frío, con la cabeza despejada.
Eso es exactamente lo que necesitas tú un miércoles por la noche: haber decidido antes, en lugar de tirar de fuerza de voluntad (porque el tanque ya lo tienes vacío).
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Lo que llevo haciendo desde hace una semana
Te cuento mi caso, que viene muy al pelo.
Llevo un par de meses con dos lesiones: tendinitis en la muñeca derecha, de coger a mi hija en brazos mil veces al día, y las costillas machacadas porque me tropecé con una valla. Hay días que literalmente me duele respirar.
Ese es el motivo por el que últimamente solo haya estado mandando mails de forma irregular. Pero ya estoy mejorando y espero estar casi recuperado en menos de un mes.
Por ello, he tenido que dejar de hacer ejercicio completamente.
A eso súmale una temporada de mucho trabajo y la rutina descolocada. La alimentación se fue degradando sola, sin que yo tomara ninguna decisión consciente de comer peor.
El resultado de esto han sido tres kg de más.
Y aquí está lo que enlaza con lo que vengo diciendo en el mail: no engordé por falta de disciplina en un momento concreto. Engordé porque cada día, en el momento de menos energía, tenía que decidir qué comer… y una decisión repetida en mal estado acaba cayendo siempre del mismo lado.
Así que hace una semana decidí dejar de pelearme conmigo mismo y volver a tomar las riendas. Como el ejercicio no puedo controlarlo (aún me faltan semanas para estar recuperado), me centré en lo único que sí estaba en mi mano: la comida.
El domingo cociné tres pollos enteros y los desmigué, compré varias bolsas de canónigos y rúcula, huevos, y dejé preparada la avena con chía para toda la semana.
Y mi semana quedó así:
Desayuno ya hecho: solo sacarlo de la nevera y añadir un puñado de frutos rojos.
Comida: media bolsa de verduras y unos 200 gramos de pollo en un bol, con un chorro de vinagre balsámico. Es decir, treinta segundos de trabajo.
Cena: huevos revueltos, que eso sí hay que hacerlo en el momento (5 minutos de trabajo como mucho, aceptable). Y un yogur proteico con nueces y chocolate negro después de cenar (30 segundos de preparación).
Una semana después, justo hoy, la báscula ha bajado kilo y medio largo. Una parte de eso es agua, que siempre lo es al principio, pero la dirección está clarísima.
Y todo esto sin haber pisado el gimnasio ni una vez.
El menú es lo de menos
Si te quedas con el menú, te has quedado con la parte irrelevante. Es aburrido, es repetitivo y seguramente a muchos no les encaje.
A mí me vale porque no me cansa comer lo mismo a diario, pero esa es una particularidad mía.
Lo que importa es otra cosa: en toda la semana no he tenido que tomar ni una sola decisión sobre qué comer (que es mi problema actual).
No he ganado ninguna batalla, es que directamente no ha habido batalla. Porque yo he decidido no pelear de antemano.
Y fíjate en dónde fue a parar la disciplina, porque no desapareció. Se concentró en un domingo por la mañana, cuando tenía el depósito lleno, cocinando pollo. Un rato de esfuerzo bien colocado se comió siete días de negociaciones que habría perdido casi todas.
Esa es toda la idea que debes aplicar a tu caso concreto. Porque esto no va de comer bien o comer mal, eso ha sido simplemente un ejemplo.
Se trata de adaptar esta mentalidad a tu situación y tu contexto, sean los que sean: no hay que eliminar la disciplina, simplemente hay que moverla al momento en que todavía te queda.
Cómo aplicarlo a lo tuyo
El proceso tiene tres pasos y se hace en diez minutos.
Primero, localiza dónde pierdes tus batallas. Piensa en tu última semana y busca el momento exacto en que las cosas se tuercen. No el área general ("como mal"), sino el instante concreto: el miércoles a las ocho y media delante de la nevera. Ese es el canto de sirena que debes evitar, la batalla que no debes luchar porque no puedes ganar.
Segundo, pregúntate qué decisión estás tomando ahí. Casi siempre hay una, y casi siempre se toma en el peor momento posible: ¿qué ceno? ¿entreno luego? ¿me pongo con mi proyecto después de cenar?
Tercero, muévela a un momento con energía alta. Esto es lo único que importa de verdad. Si la decisión es “qué comer”, se decide el domingo y se deja la comida hecha. Si es si entrenas o no, se deja la bolsa preparada la noche anterior y el día marcado en el calendario. Si es ponerte con un proyecto, se deja el documento abierto y la tarea concreta escrita antes de cerrar el ordenador.
El criterio es siempre el mismo: cuando llegue el momento débil, que no quede nada que decidir.
Yo este domingo (hoy, hace un rato de hecho) he vuelto a cocinar pollo. No me apetecía especialmente, pero sé lo que gano haciendo esto: una semana entera sin discutir conmigo mismo y cumpliendo mis objetivos.
Así que átate al mástil antes de oír el canto de sirena, porque es mucho más fácil que resistirse después.
Un abrazo,
Carlos
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