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Llevo dos meses y pico sin poder hacer ejercicio porque tengo tendinitis en la muñeca derecha (de coger a mi hija mil veces al día) y las costillas machacadas (me tropecé contra una valla).

No es cuestión de ganas ni de organizarme mejor, es que sencillamente no puedo levantar peso ni respirar rápido.

La semana pasada te hablé de Ulises atándose al mástil, de cocinar los domingos, de diseñar las cosas para no tener que pelearte contigo mismo.

Todo eso sigue siendo verdad, pero funciona mientras tengas un tablero sobre el que jugar.

Lo que pasa es que a veces la vida te quita el tablero y entonces no hay sistema que diseñar.

Las temporadas en las que no se puede

Una lesión, una enfermedad (tuya o de alguien cercano), un recién nacido, una temporada de trabajo que se come todo, una mudanza, una ruptura, un duelo…

En esas situaciones no tienes un problema de método, sino de realidad, de circunstancias. La vida te da un puñetazo en la cara, sin más.

Porque por muy bien montado que esté tu sistema, a veces no sobrevive a cambios tan bruscos. Igual que pasa con los edificios cuando hay un terremoto.

Y lo que suele pasar entonces es bastante predecible, porque casi todos hacemos lo mismo.

Primero intentas sostener el sistema entero igual que antes. Pero fallas, claro, porque las circunstancias no dan para eso.

Y al fallar aparece lo peor: no concluyes que la situación es excepcional, sino que tú has fallado. Que no has podido, que te ha faltado disciplina, que ya empezabas a ir bien y la has vuelto a liar.

Y desde ahí, soltarlo todo está a un paso. Si total, ya está roto.

El resultado es que una temporada de seis semanas complicadas acaba costando seis meses de parón (o más). Y no por la causa que provocó esa situación, sino por cómo reaccionaste a la lesión.

Lo que separa una mala semana de una mala temporada

Conviene distinguir entre las dos cosas, porque hay que abordarlas de formas distintas.

Una mala semana es una incomodidad temporal: Duermes mal tres días, te surge un imprevisto, se te descoloca la rutina… ese tipo de cosas. Ahí no hay que tocar nada: se aguanta y a la semana siguiente todo vuelve a su sitio de forma natural. Si rediseñas tu vida cada vez que tienes una semana rara, no tendrás nunca nada estable.

Una mala temporada es otra cosa: Son semanas o meses en los que las condiciones han cambiado de verdad y no van a volver por sí solas a corto plazo. Y eso sí exige replantear las cosas, porque insistir en el plan de antes solo sirve para acumular fracasos.

La forma de distinguirlas es fácil, solo hay que preguntarse: ”¿esto se arregla solo en unos días, o es la nueva realidad de mi vida por un tiempo?”

No conviertas cada bache en una excepción permanente que justifique no hacer nada, ni te empeñes en que una situación que va para largo se va a pasar pronto.

Cuando confirmas que es una temporada y no una semana, la pregunta útil deja de ser “cómo cumplo mi plan” y pasa a ser otra: ”¿cuál es la versión más reducida de esto que puedo mantener en marcha?”

Piensa en una caldera: no la tienes a máxima potencia todo el invierno, pero hay una llama piloto, pequeñísima, que gasta casi nada y que nunca se apaga. Y gracias a ella, cuando hace falta calor, la caldera arranca al instante.

Si dejas que se apague, encenderla de nuevo es otra historia.

Eso es lo que hay que proteger en las temporadas malas, no el progreso, que no va a haberlo. La llama es lo importante.

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En mi caso, como no puedo entrenar, me centro en lo único que sí está en mi mano: la comida.

No es lo mismo ni de lejos porque no gano fuerza ni músculo cocinando pollo los domingos, pero es la versión mínima de la rutina que solía llevar y además mantiene esa pequeña llamita encendida.

Porque aquí está el fondo del asunto, y no tiene que ver con los kilos ni con el ejercicio.

Lo que de verdad se pierde en una temporada mala no es el progreso, porque el progreso se recupera, y bastante más rápido de lo que costó la primera vez.

Lo que se pierde es dejar de ser alguien que hace esto.

Hay una diferencia enorme entre “soy alguien que entrena y ahora mismo está lesionado” y “soy alguien que entrenaba”.

La primera frase te devuelve al gimnasio en cuanto puedas, mientras que la segunda te deja fuera de juego totalmente, porque volver ya no es retomar: es volver a empezar de cero, con todo lo que eso pesa.

La llamita no está ahí por los resultados que da, que son pocos. Está ahí para que la fase siga en presente.

Y sí, aquí toca disciplina

No quiero cerrar esto diciéndote que todo se arregla con una buena planificación, porque sería faltarte al respeto.

La semana pasada te decía que la disciplina es un recurso de emergencia y que conviene organizarse para no gastarla. Y lo mantengo.

Pero las temporadas malas son exactamente la emergencia para la que guardabas la disciplina.

Ahí no hay sistema que te ahorre el esfuerzo, ahí toca apretar los dientes y hacer lo poco que puedas hacer, sabiendo que no va a dar resultados visibles, que nadie te va a aplaudir y que la báscula o lo que sea que midas va a ir en tu contra una temporada.

Eso es incómodo y no tiene ningún glamour, pero es la diferencia entre perder unos meses y perder unos años.

Mis lesiones van mejorando y calculo que a finales de mes estaré aceptablemente bien y podré volver a entrenar en condiciones. Y cuando eso pase, no voy a empezar de cero.

Voy a volver con unos kilos de más y con menos fuerza, sí, pero voy a volver, que es lo único que importaba mientras tanto.

Si ahora mismo estás en una de esas temporadas, no te empeñes en cumplir el plan de cuando todo iba bien. No vas a poder, y lo único que vas a sacar es la sensación de estar fallando.

Busca tu llamita y mantenla encendida. Y deja que la temporada pase, porque pasan todas.

Un abrazo,
Carlos

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