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Tras no haber podido publicar de forma regular las últimas dos semanas, vuelvo a la carga con fuerza y muchas ganas.

Este miércoles pasado, así como los sábados anteriores, no pude mandaros los correos correspondientes porque he tenido días en los que no he podido parar ni un momento. El trabajo ha apretado mucho (julio es de los peores meses en mi trabajo, porque todo el mundo, quiere dejar hecho, antes de irse de vacaciones en agosto, todo lo que no ha hecho en el año) y he tenido un par de viajes que me han impedido sentarme y escribir.

Espero que mis planes se vayan cumpliendo y pueda dejar mi trabajo en 2027 para dedicarme por entero a Academia Quintus.

¡Una vez aclarado todo, vamos al lío!

El domingo no es un día cualquiera.

Es el día en que bajas el ritmo, recuperas el desgaste de toda la semana y casi sin darte cuenta, te preparas para el lunes. No trabajas activamente, pero de fondo, te mentalizas para la nueva semana que comenzará al día siguiente.

Ahora amplía esta idea del domingo a una escala mayor.

Si el domingo es el día de reset de la semana, el verano es el domingo del año.

Esa es la forma en que yo entiendo estos meses, y creo que es la que más sentido tiene. El verano no es una interrupción del año ni un paréntesis sin más. Es la parte del ciclo en la que recuperas el desgaste de los meses anteriores, y desde la que coges impulso para todo lo que viene después.

El año también tiene su ritmo, piénsalo: empiezas en enero con las pilas cargadas y lleno de propósitos, y mes a mes vas experimentando (por no decir sufriendo) trabajo, obligaciones, rutina, imprevistos, cansancio acumulado…

Para cuando llega el verano, arrastras un desgaste de meses que los domingos sueltos no han podido reparar.

El verano cumple esa función a lo grande: es el reset que la escala semanal no alcanza a dar. Es cuando el año entero, no solo la semana, tiene por fin la oportunidad de recuperarse.

Por eso tiene tan poco sentido llegar al verano y llenarlo de la misma actividad frenética que traías.

Sería como pasarte el domingo trabajando: técnicamente puedes, pero llegas al lunes (en el cómputo anual, a septiembre) igual de vaciado que estabas, y habiendo desperdiciado tu única oportunidad real de reset.

Descansar de lo que ya has pasado

La primera función del domingo es mirar hacia atrás: recuperarte de lo que la semana te ha quitado.

El verano hace lo mismo con los meses previos. Y para aprovecharlo, primero hay que reconocer de qué venimos: meses de rutina, de responsabilidades que no paran, un ritmo que rara vez se detiene…

Puede que hayas tenido momentos buenos o que el año te esté yendo genial, pero el desgaste se acumula igual, aunque todo vaya bien. El cansancio no siempre viene de que las cosas vayan mal, a veces viene sencillamente de no haber parado lo suficiente.

Ese desgaste es lo que el verano viene a reparar, y repararlo no es un lujo ni una pérdida de tiempo: es lo que te permite no llegar a final de año arrastrándote.

Así que el primer trabajo del verano es dejar de correr por todo, bajar el ritmo, permitir que el cuerpo y la mente recuperen lo que llevan meses gastando. Y todo eso es tiempo de recuperación, no tiempo perdido, que es una cosa muy distinta.

Prepararte para lo que viene

El domingo no solo mira hacia atrás, también mira hacia adelante.

Porque mientras descansas el domingo, sin proponértelo, te estás preparando para la semana siguiente, recargándote para volver a rendir. El domingo es sinónimo de descanso, pero también actúa como plataforma desde la que despegas el lunes.

El verano tiene exactamente esa doble cara. No es solo el cierre del cansancio de meses anteriores, es también el trampolín de lo que viene.

Septiembre, para mucha gente, funciona casi como un segundo enero: se retoman proyectos, se marcan objetivos, se vuelve a la carga con energía renovada.

De hecho, es cuando las colecciones semanales (por ejemplo de piezas de coches en miniatura, de libros, de casas de muñecas, etc.) vuelven a ponerse a la venta, porque septiembre es el segundo mes “de arranque”, (enero sería el primero).

Quien llega a septiembre habiendo descansado de verdad, llega con ganas, con claridad y con fuerza para el último tramo del año. Quien llega arrastrado, habiendo pasado el verano corriendo o sin desconectar de verdad, llega ya cansado a un tramo que todavía exige mucho.

Por eso el verano bien vivido es una especie de inversión: no estás "parando la maquinaria", estás afilando el hacha antes de volver a cortar leña. El tiempo que dedicas a recuperarte no se resta de tu productividad futura: la multiplica.

Vive tu domingo (tu verano) sin culpa

La próxima vez que en mitad del verano te asalte la sensación de que deberías estar haciendo algo productivo, acuérdate del domingo.

Cuando descansas un domingo, no sientes que estés fallando, entiendes que ese día tiene su función, que forma parte del ritmo natural de la semana, que gracias a él, el lunes puedes rendir. Nadie se siente culpable por descansar un domingo.

Dale al verano la misma función.

No estás perdiendo el tiempo, estás haciendo lo que toca en esta fase del año: recuperarte de lo que ha sido y prepararte para lo que viene.

Igual que el domingo no es tiempo robado a la semana, sino lo que la hace sostenible, el verano no es tiempo robado al año: es lo que te permite recorrerlo entero sin colapsar por el camino.

Descansa este verano como descansas un domingo: sin culpa, sin prisa y con la tranquilidad de saber que ese descanso es, en sí mismo, una forma de prepararte para todo lo que viene después.

Nos volvemos a leer el próximo miércoles.

Un abrazo,
Carlos

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