
Antes de meternos en materia, te debo un par de explicaciones:
En el correo del miércoles pasado te dije que el viernes 5 te mandaría un mail extra contándote mi experiencia con el reto de los 8.000 pasos diarios.
Pero justo después de enviarlo, caí en la cuenta de una cosa: las otras veces que he mandado dos correos en dos días seguidos, han acabado en la bandeja de "promociones", porque Gmail y los demás gestores lo interpretan como spam. Y eso es justo lo que habría pasado al enviarte el correo extra del viernes y, al día siguiente, el correo normal del sábado.
Así que pensé: "Lo mando el lunes 8 y listo, así dejo un día de margen entre el correo del sábado y el siguiente."
Lo que pasa es que el correo de ayer sábado tampoco lo mandé. Y el motivo es algo que jamás pensé que diría: me lo impidió el Papa. Y no es broma.
Resulta que ayer el Papa llegó a Madrid, y sobre las 12:30 pasó por la Calle Goya. La policía desplegó un dispositivo de seguridad enorme y colapsó toda la zona. Yo volvía en coche de hacer la compra en el Mercadona y me pilló en una calle adyacente, atrapado casi hora y media entre el caos de calles cortadas y coches por todas partes.
Cuando por fin llegué a casa, ya no tenía tiempo de terminar el mail: había cosas más urgentes esperándome, como prepararle los purés y las papillas de la semana a mi hija.
Así que aquí estamos.
Hoy domingo, mato dos pájaros de un tiro: te cuento lo que tocaba esta semana y, de paso, hablo del reto de los 8.000 pasos. Todo en un mismo correo, porque ya sabes lo que opina Gmail de que mande dos seguidos.
Y una vez aclarado todo, vamos al lío.
Mi experiencia caminando al menos 8.000 pasos al día durante 4 semanas
Como ya dije a principios de mayo, quería hacer un experimento durante 4 semanas seguidas para ver si merecía la pena o no: caminar todos los días, como mínimo, 8.000 pasos. La fecha de inicio fue el lunes 4 de mayo y la fecha final debía haber sido el domingo 31 de mayo.
Digo “debía haber sido” porque el jueves 28 caí enfermo. Ese día me dio fiebre y me encontraba fatal, al día siguiente la fiebre remitió, pero me dejó una gastroenteritis que me tuvo fuera de combate hasta el 31. Así que los últimos cuatro días del reto los pasé en casa, sin caminar y recuperándome.
Te lo cuento desde el principio porque hoy el mail va de dos cosas: cierro el reto de mayo con total transparencia, y abro el tema del que voy a hablar en los correos de junio. Vamos con lo primero.
Lo que pasó en cuatro semanas caminando
El reto era simple: caminar un mínimo de 8.000 pasos al día durante cuatro semanas. Mi idea era pesarme el primer día del reto, el día que marcaba la mitad y el día final, para ver si había una pérdida de peso constante (o no).
El reto de los pasos lo cumplí todos los días excepto los cuatro que estuve enfermo. Y antes de hablar de resultados, quiero ser muy claro con una cosa, porque va justo con el tema de hoy: la gastroenteritis me hizo perder bastante peso de golpe, y ese peso no cuenta como mérito del reto. Sería deshonesto venderte una pérdida espectacular cuando una parte vino de estar enfermo, no de caminar.
Lo que sí pude medir con honestidad es esto: me pesé el primer día y volví a pesarme el día que marcaba la mitad del reto. En esas dos semanas perdí 1,6 kg. Y lo único que cambié en mi día a día fue subir los pasos hasta un mínimo de 8.000.
Mi rutina normal no tiene nada del otro mundo: trabajo, las tareas de casa que toquen ese día (barrer, poner la lavadora, lo que sea), pasear a mi hija y, como mucho, el gimnasio tres días por semana. Sobre esa base, lo único que añadí fue caminar más.
Y 1,6 kg en quince días, sin tocar la alimentación ni nada más, no está nada mal para un cambio tan pequeño.
Además junto con esa pérdida de peso, tuve otros dos beneficios igual de positivos, o incluso más:
El primero: más energía y menos pesadez por la noche. Muchos días tuve que salir a caminar después de cenar para completar los pasos que me faltaban, y descubrí que llegaba a la cama mucho más ligero, con mejor digestión y con más ganas de dormir. El paseo nocturno se convirtió en una de las mejores partes del día.
El segundo: la calma, la paz que sentía. Salir a caminar después de cenar, a una hora en que la ciudad baja las revoluciones, con el buen tiempo, con el olor a jazmín que tanta gente tiene en las terrazas por mi barrio... Era un rato para mí solo, sin pantallas, sin ruido, sin nadie pidiéndome nada. Una maravilla.
Y lo mejor es que esa sensación de paz no se quedaba en el paseo, se extendía durante el resto del tiempo.
¿Cuál fue mi mayor dificultad? Los días de mucho trabajo, en los que apenas me movía y el paseo nocturno tenía que ser más largo para compensar. Pero vamos, que tampoco era nada del otro mundo.
La conclusión que saco es la siguiente: llegar a 8.000 pasos diarios está al alcance de prácticamente cualquiera. Casi todos hacemos ya entre 3.000 y 5.000 pasos en un día normal. De ahí a 8.000 hay, literalmente, un paseo de diferencia. Y después de cenar, casi todo el mundo puede permitirse salir media horita a la calle a pasear.
Yo por mi parte voy a seguir caminando, eso seguro. Y de hecho voy a subir el listón: muchos días del reto, sobre todo los fines de semana, llegaba a 10.000 o 12.000 pasos sin proponérmelo. Así que mi nuevo mínimo diario pasa a ser 10.000 pasos.
Empecé con lo mínimo posible, pero lo posible se ha hecho más grande. Justo de lo que hablábamos en los correos de mayo.
Porque pasar de no hacer nada, a hacer algo (aunque no sea “lo óptimo”) ya marca un cambio profundo y aporta muchos beneficios que antes no teníamos.
No caigas en la trampa de pensar “si no lo voy a hacer perfecto, para eso no lo hago” porque una mejora parcial es mejor que ninguna mejora.
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Y hablando de expectativas... llega el verano
Fíjate en una cosa de todo lo que acabo de contarte: yo empecé el reto esperando perder algo de peso, y al final lo que más valoré fue la calma de los paseos nocturnos. La realidad rara vez coinciden plenamente con lo que pensábamos que pasaría.
Y eso enlaza perfectamente con lo que quiero tratar durante todo junio: las expectativas. Concretamente, las expectativas con las que entramos al verano.
Porque el verano es, probablemente, la época del año en la que peor calibramos lo que esperamos. Y eso nos lo arruina antes incluso de que empiece.
Hay tres trampas clásicas:
Trampa 1: "Va a ser el mejor verano de mi vida."
Pones tantas esperanzas en estos tres meses que la realidad, por buena que sea, no puede competir con la fantasía.
Y cuando llega septiembre y no ha sido el verano épico que imaginabas, te queda una sensación de decepción que no se corresponde con lo que realmente viviste. El caso es que el problema no fue el verano. El verdadero problema fue la expectativa imposible que le pusiste encima.
Trampa 2: "Va a ser un infierno."
Es la cara opuesta y es lo que piensa la gente que, por obligaciones laborales, por falta de recursos para irse de vacaciones, o por circunstancias personales, da por hecho que su verano va a ser horrible. Y al decidirlo de antemano, se cierran a disfrutar de lo que sí está a su alcance. El verano no tiene que ser dos semanas en una playa paradisíaca para ser bueno.
Pero si entras en verano convencido de que será un castigo, lo será, aunque solo sea por cómo lo miras.
Trampa 3: "Tengo que hacer 500 cosas para que merezca la pena."
Esto piensan los que tratan el verano fuera una lista de tareas que tienen que ir tachando. Playa, montaña, tres ciudades, un país nuevo, acampada, conciertos, planes con todo el mundo...
Como si un verano se midiera por la cantidad de actividades acumuladas. Y así, en lugar de descansar, acabas el verano más agotado que cuando empezó, persiguiendo una idea de "verano completo" que nadie te ha impuesto más que tú mismo.
Estas tres trampas tienen una raíz común: una expectativa mal calibrada que choca con la realidad y te roba el disfrute de lo que de verdad tienes delante.
Durante este mes vamos a desmontarlas una a una, porque el mejor verano no es el más caro, ni el más lleno de planes, ni el más parecido a los que ves en Instagram.
Es el que vives sin que las expectativas te lo estropeen.
Nos volvemos a leer el próximo miércoles.
Un abrazo,
Carlos
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