A los pocos días de cambiar de año, hay un momento muy concreto que no solemos tener en cuenta.

Ya no es el 1 de enero y tampoco el día en que vuelves al trabajo (probablemente ya te haya tocado volver).

Estamos en ese punto (más o menos a los 10 o 12 días) en el que baja la euforia inicial y te quedas con una pregunta incómoda: “Vale… ¿y ahora qué?”

Ya no estás en el subidón del año nuevo, pero tampoco has abandonado (al menos no del todo). Estás en tierra de nadie sin saber muy bien qué pasos son los siguientes.

Y ahí es donde la mayoría empieza a equivocarse.

No me entiendas mal, estoy seguro de que no hay falta de esfuerzo por tu parte, ni tampoco es que se te hayan quitado de golpe las ganas de mejorar.

Lo que le pasa a la mayoría de personas es que intenta arreglar su vida sin haberla mirado antes con calma.

El error que pasa desapercibido en casi todos los cambios

Cuando alguien quiere mejorar algo (su forma física, su trabajo, su organización, su disciplina, sus finanzas, sus relaciones personales, su mentalidad, etc.) suele empezar por la solución:

  • Una rutina nueva

  • Un hábito nuevo

  • Un sistema nuevo

Pero rara vez empieza por el diagnóstico.

Es como querer reformar una casa sin entrar antes a verla por dentro.
Sin saber qué habitaciones están peor.
Sin saber si los daños que tiene la casa son estructurales o no tienen mucha gravedad.

Sin saber qué es urgente y qué puede esperar.

Y cuando el resultado no es el esperado, llega la conclusión equivocada:

“No soy constante.”
“Me falta disciplina.”
“Siempre acabo igual.”

Aquí es donde conviene parar.

Porque muchas veces el problema no es lo que haces, sino desde dónde lo estás haciendo.

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Diagnosticar no es castigarse

Hay gente que evita mirar su situación real porque confunde diagnóstico con crítica.

Se sientan a pensar en su vida y lo único que saben decirse es:

  • “Voy tarde, debería haber empezado antes”

  • “Soy un desastre”

  • “Debería estar mejor”

Y eso, más que ser un ejercicio de honestidad, es un ejercicio de desprecio hacia tí mismo.

Diagnosticar no es juzgarte.
Sencillamente es describir lo que hay, sin drama, pero sin excusas.

Igual hace un médico cuando mira una radiografía:
No se enfada con el hueso que está roto, simplemente observa, como paso previo para decidir el tratamiento que cure dicho hueso.

Eso es lo que te propongo hoy.

Una escena que probablemente te suene

Imagina a alguien que quiere empezar a entrenar este año.

Se apunta al gimnasio.
Se compra ropa nueva.
Se propone ir cinco días a la semana.

A la tercera semana, falla.

Conclusión habitual: “No tengo fuerza de voluntad.”

Pero si mirara su situación real, quizá vería esto:

  • Duerme mal

  • Llega agotado del trabajo

  • No ha cerrado otros frentes

  • Quiere cambiar demasiadas cosas a la vez

El problema no era el gimnasio. Era el punto de partida.

Esto no pasa solo con el deporte. Pasa con el trabajo, el orden, la alimentación, el tiempo, los hábitos… con todo.

Y hasta que no miras eso de frente, sigues chocando contra la misma pared.

Mirar la realidad no te hunde, te ubica

Hay una idea muy extendida que es falsa: “Si miro mi situación real, me voy a venir abajo.”

Y lo curioso es que suele ocurrir justo lo contrario.

Cuando pones nombre a lo que pasa:

  • Baja la ansiedad

  • Baja la culpa

  • Baja la sensación de ir perdido a todas partes

No porque todo se solucione, sino porque ya no estás actuando a ciegas.

Estás dándote cuenta de los motivos que te llevan a esa situación, te estás localizando a ti mismo.

Y ese es el paso previo y necesario que te lleva al siguiente: actuar para solucionarlo.

Estar ubicado es infinitamente mejor que estar motivado.

La motivación sube y baja, mientras que la ubicación te permite decidir.

Ejercicio de claridad (hazlo con calma)

No es largo ni complejo, no te preocupes.
Pero sí es importante que lo hagas por escrito.

Busca un momento tranquilo y responde a estas tres preguntas, sin adornarte demasiado.

1. ¿Qué área de tu vida sientes más desordenada ahora mismo?
Trabajo, salud, tiempo, dinero, relaciones, hábitos, cabeza…
La primera que te venga.

2. ¿Qué llevas tiempo sabiendo que deberías revisar, pero sigues posponiendo?
No tiene que ser algo enorme. Puede ser algo concreto que evitas mirar.

3. ¿Qué excusa estás usando más últimamente?
“Ahora no es el momento”
“No tengo tiempo”
“Cuando se calme todo”
“Ya lo haré más adelante”

No es para eliminarla hoy. Es para verla.

No tienes que arreglar nada (todavía)

Quiero insistir en esto, porque es importante.

Hoy no tienes que:

  • Cambiar hábitos

  • Tomar grandes decisiones

  • Ponerte un plan encima

Hoy solo toca mirar con honestidad.

Enero, como yo lo planteo, no va de correr.
Va de ver claro.

Y ver claro implica aceptar algo incómodo pero liberador:

No todo se puede, ni se debe, arreglar a la vez.

La semana que viene vamos a hablar precisamente de eso:
De qué no toca arreglar ahora.
De la renuncia consciente.
Y de cómo quitarte peso de encima sin sentir que estás fallando.

Si haces el ejercicio de hoy con un mínimo de honestidad, probablemente no te sentirás eufórico (no es lo que buscamos).

Pero sí un poco más tranquilo, un poco más centrado, un poco más reconciliado con tu punto de partida.

Y eso, aunque no lo parezca, es una forma muy sólida avanzar, porque estás sentando las bases de tu cambio. Estás preparando el terreno sobre el que vas a construir, sobre el que vas a construirte.

Nos leemos el próximo miércoles,

Quintus