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El mail de hoy me ha quedado un poco largo porque en El Gran Dilema, tanto mi opinión sobre el de la semana pasada, como el planteamiento del de esta semana, se me ha ido de las manos.

Así que no me enrollo más, vamos al lío.

En el correo de hoy hablaré de:

🔍A problemas, soluciones: Lo esencial manda.

🤔La reflexión: ¿El individualismo es bueno?

🎯La recomendación: El manual para los tiranos.

⚖️El Gran Dilema: Más actual imposible.

🔍A problemas, soluciones

Lo esencial manda

Uno de los problemas más comunes cuando tienes muchas cosas que hacer es el desorden mental. Al menos, a mi es lo que más me pasa.

  • Demasiadas tareas.

  • Demasiadas ideas.

  • Demasiadas cosas que “deberías” hacer.

Y cuando no llegas a todo, la sensación de agobio te come vivo.

Desde que tengo una bebé, este problema se ha hecho aún más evidente.

Antes tenía mucho más tiempo y podía permitirme intentar hacer muchísimas cosas en un día. Ahora no.

Durante un tiempo esto me frustraba bastante, porque sentía que no llegaba a todo. Y no solo eso, sino que la lista de tareas seguía creciendo… pero el tiempo disponible no.

Hasta que decidí cambiar el enfoque: en lugar de intentar hacer muchas cosas, empecé a hacer menos cosas, pero más importantes.

Cada noche, cuando ya está acostada mi hija y mi mujer y yo tenemos un rato de paz, hago una mini lista de tareas para el día y me pongo una regla muy simple:

Como máximo, tres tareas.

No cinco, ni diez, tres. Y las tres tienen que ser importantes.

Esto ha tenido dos efectos inmediatos:

  • Primero, ha eliminado casi por completo la frustración. Porque tres cosas importantes en un día sí son alcanzables.

  • Segundo, me ha obligado a pensar mejor en qué es realmente prioritario.

Si solo puedes elegir tres cosas, empiezas a ver con mucha claridad qué es esencial… y qué no lo era tanto.

De hecho, desde que hago esto he descubierto algo curioso: no echo de menos nada de lo que he dejado fuera.

Porque cuando todo parece importante, en realidad nada lo es.

🤔La reflexión

¿El individualismo es bueno?

La palabra individualismo suele tener mala fama. Muchas veces se asocia a egoísmo, a desinterés por los demás o a esa actitud de “cada uno a lo suyo”.

Pero en realidad, el individualismo es otra cosa: es la base de la libertad personal.

Ser individualista no significa vivir de espaldas a los demás ni ser un pasota que solo se preocupa de sí mismo.

Significa asumir que eres responsable de tu vida, de tus decisiones y de tu camino, que no necesitas que otros decidan por ti qué pensar, qué decir o cómo vivir.

El individualismo no niega la comunidad, simplemente recuerda que una comunidad sana está formada por individuos libres, no por personas diluidas en el grupo.

En absoluto significa dejar de preocuparte por los demás: puedes ayudar, colaborar, cuidar y apoyar a otros… pero desde la libertad de haberlo elegido tú mismo, no desde la imposición.

De hecho, la ayuda más valiosa suele venir de personas que han construido primero su propia autonomía. Porque quien depende de otros, difícilmente puede sostener a nadie, y esto se suele olvidar (u omitir intencionalmente).

Ser individualista es tener criterio propio, es asumir las consecuencias de tus decisiones, es no delegar tu vida en manos del grupo, del ruido o de la corriente dominante.

Solo cuando eres dueño de ti mismo puedes elegir de verdad. Y lo siguiente es totalmente cierto, aunque a veces no quieran que lo veamos:

La libertad individual no destruye la sociedad, la hace posible.

🎯La recomendación

El manual para los tiranos

Se suele hacer la broma de que 1984, de George Orwell, no debería haber servido de manual de instrucciones, pero parece que los gobiernos de muchos países del mundo lo están aplicando al pie de la letra.

Esta novela presenta una sociedad en la que el poder lo controla todo: la información, el lenguaje, la historia… e incluso el pensamiento.

En el año 1984, la vigilancia es constante y cuestionar la versión oficial puede convertirse en un crimen. De hecho, de este libro viene el término “Gran Hermano”, que es el sistema de vigilancia.

Lo inquietante no es solo la historia… lo realmente inquietante es lo reconocibles que resultan algunas ideas que se proponen hoy en día por parte de gobiernos y poderosos.

La manipulación del lenguaje para moldear la realidad, la reescritura del pasado, la vigilancia justificada en nombre de la seguridad, etc.

No es un libro cómodo pero precisamente por eso merece la pena leerlo.

Y más allá de la trama, te hace plantearte lo siguiente:

“¿Hasta qué punto estamos dispuestos a sacrificar libertad a cambio de seguridad o estabilidad?“

(Y sí, efectivamente, de aquí saqué la inspiración para el gran dilema de la semana pasada.)

⚖️El Gran Dilema

Más actual imposible

Antes de plantear el dilema de esta semana, vamos con mi opinión sobre el de la semana pasada.

Te lo recuerdo: preguntaba si estaríamos dispuestos a aceptar una mayor vigilancia por parte del Estado para reducir el crimen y aumentar la seguridad, aunque perdiésemos libertades.

Los resultados han sido bastante claros:

  • 84,62% preferís más libertad, aunque eso implique asumir más riesgo de inseguridad.

  • 15,38% estaría dispuesto a ceder parte de su libertad a cambio de una mayor seguridad.

Tengo que decir que el resultado me ha sorprendido positivamente.

No lo digo porque la opción contraria sea absurda (de hecho tiene su lógica), sino porque cuando la seguridad entra en la ecuación, muchas veces la libertad suele ser lo primero que se sacrifica.

Y sin embargo, en este caso la mayoría habéis decidido proteger lo que es más difícil de recuperar.

Porque la seguridad siempre se puede reforzar, mejorar o ajustar, pero la libertad, una vez cedida, rara vez vuelve a nosotros.

En cuanto a mi respuesta personal, coincide con la mayoría: yo también elegiría no ceder libertades.

Por supuesto que valoro la seguridad, pero creo que entregar demasiado poder de vigilancia al Estado es abrir una puerta que después puede ser muy difícil cerrar.

La historia nos lo muestra en numerosísimas ocasiones… algunas de ellas muy recientes.

En la mayoría de los casos suele plantearse con buena intención, pero como se suele decir, el infierno está lleno de buenas intenciones.

Por eso me parece muy acertada una frase atribuida a Benjamin Franklin que resume bien este dilema:

“Aquellos que renunciarían a la libertad esencial para comprar un poco de seguridad temporal, no merecen ni libertad ni seguridad.”

La seguridad absoluta es una ilusión. La libertad, en cambio, es una responsabilidad.

Y parece que, al menos en esta comunidad, muchos estáis dispuestos a asumirla.

Dicho esto, vamos con el dilema de hoy:

Existe un país gobernado por un régimen autoritario o dictatorial. No hay elecciones libres, la oposición es reprimida, las libertades están muy limitadas y las injusticias son tan grandes que pueden llegar a suponer el perder la vida.

Otro país, mucho más poderoso y con recursos militares de sobra, decide intervenir para intentar derrocar ese régimen y provocar un cambio político, de forma que se pueda abrir una puerta a la democracia.

Esto es lo que EE.UU. ha hecho recientemente en Venezuela y ahora está intentando replicar en Irán.

La verdad es que es un asunto muy muy muy complejo… hemos visto debates muy intensos sobre este tema en conflictos internacionales. Algunos países justifican estas acciones diciendo que buscan liberar a poblaciones de gobiernos autoritarios, mientras que otros las critican por violar la soberanía nacional y el derecho internacional.

Así que el dilema es este:

Si un país democrático tuviera la capacidad real de hacerlo:

¿Debería poder intervenir para derrocar regímenes dictatoriales en otros países?

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La semana que viene veremos qué pesa más: la lucha contra las dictaduras… o el respeto absoluto a la soberanía de los países.

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