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Este mail tendría que haber salido ayer, pero no pudo ser. Llevo casi 2 semanas con el trabajo hasta arriba, sin casi tiempo libre por mi bebé y para colmo tengo un par de problemas personales que requieren mi atención.

Podría haber pasado del mail de esta semana y ya está, de hecho hubiera sido hasta legítimo. Pero no hubiera sido lo correcto.

Hace poco más de un año que empecé con Academia Quintus, que me propuse mandar mails todas las semanas, sin faltar jamás. Fue una promesa que me hice a mí mismo y la estoy cumpliendo a rajatabla. Porque las cosas que merecen la pena, se deben hacer aunque no sea en condiciones ideales.

En el correo de hoy hablaré de:

🔍A problemas, soluciones: “Soy demasiado viejo para eso”.

🤔La reflexión: Hoy ha salido el Sol.

🎯La recomendación: Algo distinto.

⚖️El Gran Dilema: No hay solución buena.

🔍A problemas, soluciones

”Soy demasiado viejo para eso”

Hay una frase que se repite mucho cuando alguien se plantea hacer algo nuevo: “Ya soy mayor para eso.”

Se suele decir cuando la cosa va sobre aprender algo nuevo, empezar un proyecto, cuidar la salud, corregir un problema… en definitiva, cuando hay que introducir un nuevo cambio en la rutina establecida desde hace años y años.

Yo lo escucho continuamente, tanto a familiares como a amigos como a compañeros de trabajo.

“Aprende a manejar la IA, que te vendrá bien.
- ¿A mi edad? Tú estás tonto, yo ya no me pongo con esas cosas.”

“Te vendría muy bien salir a correr un par de veces por semana.
- Anda ya, con 54 años que tengo, que nunca he corrido en mi vida… ¿cómo voy a empezar ahora?”

Y como esas, muchísimas más. A la gente le encanta poner la edad como excusa.

Lógicamente no entro a valorar a las personas que sufren problemas de salud derivados de la edad, solo me refiero a gente sana que tiene cierta edad.

Te voy a contar mi caso:

Con 38 años he decidido ponerme aparato dental. No era una cuestión estética (que por otro lado, sería igualmente válido), mi caso es distinto.

Las paletas de arriba rozan con las de abajo y eso me provocaba dolor de mandíbula. Además, está erosionando los dientes y si no lo corrijo a tiempo, podría acabar con dientes dañados o incluso partidos.

Cuando lo comenté, varias personas me dijeron algo parecido:

“Bueno… con 38 años ya no merece mucho la pena.”

“¿Ahora te vas a meter con eso?”

“A buenas horas mangas verdes…”

Lo ideal hubiera sido hacerlo hace 20 años, pero no se dio. Y si lo piensas dos minutos, esa idea no tiene ningún sentido.

Imagina que me quedan 30 años más de vida ¿de verdad no merece la pena solucionar un problema que me afectaría durante tres décadas más?

Treinta años no son “un poco de tiempo”, es media vida adulta.

El problema no es la edad, el problema es cómo la interpretamos. A veces usamos la edad como excusa para no empezar algo que requiere esfuerzo o incomodidad.

La pregunta correcta no es:
“¿Soy demasiado mayor para hacerlo?”

La pregunta correcta es:

¿Cuántos años voy a vivir con las consecuencias de no hacerlo?

Cuando lo planteas así, muchas decisiones cambian. Porque muchas cosas que parecen “tarde” en realidad llegan justo a tiempo.

🤔La reflexión

Hoy ha salido el Sol

Puede parecer una tontería, pero llevaba mucho tiempo sin hacerlo, y hoy jueves 12 de marzo, ha vuelto a salir. Al menos en Madrid.

En España hemos tenido un invierno muy húmedo y oscuro, y cuando esta mañana ha entrado la luz por la ventana, he notado algo curioso: me ha cambiado el humor por completo.

No ha pasado nada extraordinario, simplemente ha salido el sol. Y aun así, la diferencia ha sido enorme.

Esto me ha hecho pensar en lo poco que valoramos las pequeñas cosas.

La luz del sol.
Un buen café.
Dormir bien.
Un paseo agradable con alguien que queremos.
Un rato de silencio.

Son cosas que parecen insignificantes… hasta que desaparecen. Entonces es cuando nos damos cuenta de lo importantes que eran.

Vivimos esperando grandes acontecimientos que nos hagan sentir mejor, cuando muchas veces lo que realmente cambia nuestro estado de ánimo son cosas muy simples que están ahí todos los días.

El problema es que nos acostumbramos a ellas, las damos por hechas. Hasta que faltan.

Yo por ejemplo, doy por hecho escuchar la risa de mi hija cada vez que me ve, pero dentro de unos años lo echaré de menos.

Quizá la clave no sea buscar constantemente algo más grande o más espectacular. Quizá la clave sea aprender a ver mejor lo que ya tenemos delante.

Porque muchas veces, lo que realmente mejora un día… es algo tan sencillo como que vuelva a salir el Sol.

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🎯La recomendación

Algo distinto

Hoy la recomendación no es un libro, ni una película, ni un podcast. Es algo mucho más simple: aburrirte.

Sí, aburrirte, has leído bien. Te recomiendo que durante 15 o 20 minutos al día, intentes no hacer absolutamente nada.

Sin móvil, sin redes sociales, sin vídeos, sin estímulos. Solo tú y tus pensamientos.

Vivimos en una época donde cada segundo libre se llena automáticamente con estímulos: scroll infinito, notificaciones, vídeos cortos, mensajes.

El cerebro apenas tiene tiempo para respirar, porque cuando saturas constantemente tu atención con pequeños chutes de dopamina, el cerebro deja de tener espacio para algo mucho más valioso: divagar.

Y es precisamente en esos momentos de aparente “inactividad” cuando empiezan a aparecer cosas interesantes:

  • Ideas nuevas.

  • Pensamientos más profundos.

  • Conexiones que antes no veías.

  • Incluso replanteamientos sobre decisiones que has tomado.

Muchas veces es en ese silencio mental donde detectas qué cosas no están funcionando en tu vida… y empiezas a pensar cómo reconducirlas.

El aburrimiento no es un fallo del sistema. Es una herramienta mental muy poderosa.

Por eso mi recomendación es simple:
cada día, busca un pequeño espacio para no hacer nada, para recuperar tu capacidad de pensar.

⚖️El Gran Dilema

No hay solución buena.

La semana pasada planteé un dilema complicado: si un país con los medios suficientes debería poder intervenir para derrocar regímenes dictatoriales o autoritarios en otros países.

Esta vez la votación ha estado bastante más reñida que en dilemas anteriores. Los resultados han sido:

  • 65,22% considera que sí debería poder intervenir.

  • 34,78% cree que no debería hacerlo.

Es interesante que, aunque la mayoría se inclina por la intervención, hay un porcentaje muy significativo que prefiere mantener el principio de no intervención y respeto absoluto a la soberanía de los países.

Y ambas posiciones tienen argumentos de peso.

Por un lado, quienes defienden intervenir suelen hacerlo desde una idea bastante pragmática: si tienes la capacidad de acabar con una dictadura que oprime a millones de personas, ¿no sería moralmente correcto hacerlo?

Pero por otro lado, también existe un argumento muy fuerte en contra: la historia está llena de intervenciones que, aunque nacieron con buenas intenciones, terminaron generando inestabilidad, guerras o situaciones incluso peores que las que pretendían solucionar.

En mi caso personal, yo también estoy a favor de la intervención. Ciertamente no es una decisión fácil o que siempre salga bien, ni mucho menos.

Pero creo que cuando un régimen tiránico priva sistemáticamente a su población de libertades básicas, no se debería mirar hacia otro lado si se tiene la capacidad real de ayudar a cambiar esa situación.

Ahora bien, otra cosa distinta es cómo se hace esa intervención y qué plan existe para el día después.

Porque derribar un régimen puede ser relativamente fácil. Construir algo mejor… suele ser lo verdaderamente difícil.

Y en cuanto al dilema de esta semana, os pido sugerencias. Tengo pensados un montón más, pero quiero escucharos a vosotros.

Me gustaría que me mandaseis vuestros dilemas, para que los vaya poniendo en esta sección. Así podríamos ver otros puntos de vista y otros planteamientos.

Así que si quieres colaborar, responde a este mail diciéndome qué dilema tienes en mente, y cuál es tu posición al respecto.

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