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En el mail de la semana anterior comenté que hay una idea que casi todo el mundo acepta sin cuestionarla: que la constancia es una cualidad personal.

Algo que tienes o no tienes, algo que depende de tu carácter, de tu disciplina o de tu fuerza mental.

Sin embargo, los procesos que realmente se mantienen en el tiempo, rara vez dependen de un esfuerzo titánico. Suelen depender de algo mucho menos visible: cómo está diseñado el entorno en el que se mueven.

La gente suele tomar decisiones apoyándose en cómo se siente cada día. Cuando la energía acompaña, todo fluye sin demasiado problema. Pero cuando la energía es baja… el sistema empieza a tambalearse.

Ese es un modelo frágil (y extremadamente común), porque el estado de ánimo varía mucho.

Si eres lector asiduo, sabrás que existe otra forma de abordar la constancia:

  • En lugar de preguntarte si hoy tienes ganas suficientes, debes preguntarte cuánta fricción tienes en tu vida.

Como también sabes, la fricción es cualquier cosa que hace una acción sea más difícil de ejecutar (y la ausencia de fricción la hace más fácil de ejecutar).

A veces, la fricción está donde no debería y otras veces está ausente donde sería útil.

  • Imagina que quieres leer con más regularidad: Si el libro está colocado en una estantería alta, tienes que buscarlo cada vez y además el móvil está siempre al alcance de la mano… la fricción está mal distribuida. Podrías pensar que con más fuerza de voluntad lo lograrías… pero el caso es que para leer más no necesitas más motivación, simplemente necesitas mover obstáculos.

    Dejar el libro abierto en una mesa visible y el teléfono fuera de la habitación cambia la ecuación sin necesidad de discursos internos ni negociaciones con uno mismo. La acción correcta se convierte en la opción más cómoda.

  • Lo mismo ocurre con hábitos menos evidentes: Si decides organizar mejor tus gastos, pero cada revisión implica abrir cinco aplicaciones distintas y enfrentarte a cifras desordenadas, la fricción es alta. Si simplificas el sistema, agrupas la información y reduces los pasos intermedios, la fricción es baja. No has tenido que echar mano de una voluntad de hierro, simplemente has allanado el camino.

La constancia mejora cuando la acción que quieres repetir requiere menos energía inicial que la otra alternativa.

Y esto conecta con algo que suele pasarse por alto: el entorno no es neutro. Influye más de lo que pensamos… muchísimo más.

La enorme importancia del entorno

Muchas personas diseñan su casa, su espacio de trabajo o su espacio digital únicamente pensando en sus gustos personales. Y eso está bien, pero se quedan cortos, porque no le dan importancia a la actividad que van a desarrollar en esos lugares. Después se sorprenden cuando les cuesta sostener decisiones y hábitos.

Si quieres escribir con regularidad, el espacio desde el que vayas a hacerlo importa. Si cada vez que te sientas encuentras distracciones abiertas, notificaciones activas y tareas pendientes visibles, estás empezando en desventaja.

Si, en cambio, tienes un lugar asociado únicamente a esa actividad, sin estímulos paralelos, el inicio es más limpio y sencillo.

Pequeños cambios físicos generan efectos acumulativos:

  • Una botella de agua en la mesa aumenta la probabilidad de que bebas.

  • Un escritorio despejado reduce la dispersión.

  • Una aplicación eliminada del móvil disminuye tentaciones sin necesidad de autocontrol constante.

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Hay otro elemento igual de importante: las decisiones previas.

Cada vez que dejas abierta una decisión para el futuro, te obligas a negociar contigo mismo cuando llegue el momento. Esa negociación consume energía y tiende a acabar mal.

“Ya veré si entreno mañana.”
“Depende de cómo esté de ánimo.”
“Lo decidiré cuando llegue a casa.”

Ese tipo de planteamientos parecen flexibles, pero en realidad debilitan la continuidad porque cada día vuelves al punto de inicio.

En cambio, cuando decides con antelación y conviertes esa decisión en una regla simple, la carga disminuye. Por ejemplo:

  • Entrenar los lunes, miércoles y viernes a las siete. Ya está, sin debates diarios.

  • Transferir automáticamente, mismo día que cobras, un porcentaje fijo a ahorro.

  • Revisar tu planificación los domingos por la tarde, pase lo que pase.

Este tipo de reglas reducen fricción mental porque te liberan de micro decisiones repetitivas.

Hay una escena muy cotidiana que ilustra esto: Una persona quiere empezar a caminar después del trabajo. Llega a casa cansada y piensa si salir o no. Algunos días gana la intención y sale… otros días, gana el sofá.

Si esa misma persona deja preparadas las zapatillas junto a la puerta, decide una hora concreta y acuerda encontrarse con alguien en el parque, la situación mejora radicalmente. La fricción de salir baja y la de quedarse aumenta, porque tanto el entorno como el haber decidido previamente, empujan en la dirección correcta.

La diferencia no está en que un día tenga más fuerza de voluntad que otro, está en cómo ha diseñado el contexto.

La fuerza de voluntad no merece tu confianza

Cuando los hábitos dependen solo de voluntad, se vuelven inestables. Pero cuando dependen de estructuras previas, se vuelven más predecibles.

Para ello, creo que es buena idea que te hagas las siguientes preguntas:

  1. ¿Dónde está la fricción? ¿Qué pasos innecesarios estás dando antes de empezar? ¿Qué obstáculo físico o digital podría eliminarse hoy mismo?

  2. ¿Qué parte del entorno podría alinearse mejor con esa decisión? ¿Qué tienes demasiado visible que te distrae? ¿Qué podrías colocar a la vista para facilitar el inicio?

  3. ¿Qué decisión sigues dejando en el aire cada día? ¿Hay alguna regla sencilla que podrías establecer para evitar esa negociación constante?

Como ves, no necesitas rehacer tu vida. Basta con mover unas pocas piezas para que todo empiece a encajar. La mayoría de las veces, simplemente desplazar una pequeña fricción, ya cambia el resultado.

Y con el tiempo, ocurre algo muy positivo: las acciones dejan de sentirse como actos que requieren fuerza de voluntad y empiezan a parecer parte del funcionamiento normal de tu día.

Y eso es gracias a que has reducido el desgaste innecesario, que es lo que lastra al 90% de las personas, y desgraciadamente no se dan cuenta.

La constancia bien diseñada apenas necesita fuerza de voluntad, y no se vive como una lucha continua. Se vive como una secuencia natural de decisiones que ya estaban tomadas antes de que apareciera la duda.

En resumen

Si todo depende de cómo te sientas cada día, el proceso será irregular y con el tiempo se abandonará. Pero si depende de estructuras que ya están en su sitio, incluso en los días complicados, avanzas.

La próxima vez que pienses en ser más constante, no empieces preguntándote cuánto aguante tendrás. Empieza observando cómo está construido tu entorno y qué decisiones puedes cerrar hoy para que mañana no tengas que debatirlas otra vez.

Un abrazo,

Carlos (Quintus)

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